La gran noche del pop
- The Greatest Night In Pop
- Nacionalidad: USA
- Año: 2024 | Duración:
- Director: Bao Nguyen
- Intérpretes: Bob Dylan, Lionel Ritchie, Bruce Springsteen.
Netflix
La gran noche del pop, el documental estrenado recientemente en Netflix, recoge el testimonio principal de Lionel Ritchie, uno de los impulsores del evento, para trasladarnos a los días previos y a la celebración de aquella noche histórica en un pequeño estudio musical de Los Ángeles.
Creo que el gran acierto del documental (ya os adelanto que me encantó) es ver cómo se humaniza a todas esas grandes estrellas de la música que tú admirabas desde el salón de tu casa. Uno puede pensar que reuniendo a los mejores artistas norteamericanos del pop, el rock, el country y el soul, la cosa debería fluir por sí misma. Que todo debería ser muy fácil. Pero nada más lejos de la realidad.
El evento empezó a gestarse apenas dos meses antes de la gran noche. Los acontecimientos se precipitaron porque la celebración de la gala de los American Music Awards, a finales de enero de 1985, era la única fecha en la que sería posible reunir a tal elenco en una misma noche.
Desde el mismo inicio de la grabación, ya se vio que no iba a ser sencillo. Quincy Jones, famoso músico y productor de la época y que llevaría la batuta de la sesión (junto a Ritchie), colgó un cartel en la entrada en el que se leía “Dejad el ego en la puerta”. Hacía calor. Estaban cansados. Y el grado de improvisación, a pesar del duro trabajo de Ritchie y Michael Jackson para componer la canción a tiempo, era muy elevado; sobrevolando, en todo momento, la sensación de que cualquier cosa podría ir mal y la noche podía acabar en desastre. Probablemente, el escueto pero emotivo discurso de Bob Geldof describiendo su experiencia en una aldea de Etiopía, fue el pegamento que mantuvo la ilusión y la fuerza de todos los presentes hasta el final de aquella larga y dura jornada.
Y es ante esa situación de evidente estrés, de no poder fallar, de tener una única oportunidad para contribuir a una causa en la que realmente creían (al menos durante esa noche); cuando ese lado humano, mundano, de esos artistas que parecían estar por encima del bien y del mal, cobra una mayor relevancia y acaba siendo el gran regalo de este magnífico documental. Es increíble ver a Michael Jackson, que no acudió a la gala del American Music Awards, ser el primero en acudir al estudio para realizar las pruebas de sonido. O comprobar cómo el bueno de Stevie Wonder casi la lía, por su afán de contribuir, sugiriendo que una de las frases de la canción podían decirla en el idioma Suajili, lo cual desata una interesante discusión en el grupo. U observar cómo a Huey Lewis le tiemblan las piernas cuando Quincy Jones le comunica que Prince no se presentará esa noche, y que él será el encargado de sustituirle en su solo. O escuchar la voz rota y esforzada del gran Springsteen, que acababa de terminar su última gira por los USA la noche anterior. Pero sobre todo sorprende, y emociona, ver al hombre, a la gran leyenda, al referente social y cultura de toda una generación, totalmente superado por las circunstancias. Me estoy refiriendo a Bob Dylan, al que, en todo momento, se le nota fuera de lugar en mitad de aquella constelación de estrellas. En la parte coral de la canción, Bob Dylan, directamente, se borra. Desaparece. Le vemos apenas musitar o tararear algunos compases de la canción. No está a gusto. No es su forma de trabajar, y probablemente tampoco su forma de relacionarse con el mundo. Y acaba sufriendo lo indecible para sacar adelante su solo. La voz no le sale. Parece incapaz de entonar esa dichosa frase. Y entonces, en una de las escenas más alucinantes del documental, Stevie Wonder se sienta al piano y empieza a cantar la canción imitando la voz de Dylan. Éste sonríe, y se dirige al micro para soltar, finalmente su solo (personalmente, se me sigue erizando la piel cada vez que lo escucho. Es, sin duda alguna, mi parte favorita de la canción). ¿Por qué estaba ahí Bob Dylan, cuando, literalmente, parecía estar como pez fuera del agua? Pues probablemente porque creía en la causa. La sentía de corazón. Hay que recordar que Bob Dylan tampoco estuvo presente en la ceremonia de premios. Él se desplazó directamente al estudio para grabar la canción.
Al final del documental se nos explica que la canción generó unos 160 millones de dólares (actuales) de ingresos que fueron a parar a organizaciones sin ánimo de lucro que combatían el hambre en África. Personalmente siempre soy algo excéptico (e incluso cínico) sobre el impacto real de este tipo de iniciativas (lo que no significa que esté en contra, ni mucho menos), pero lo que sí me queda claro tras ver el documental, es que en ese pequeño estudio de Los Ángeles, aquella larga noche de 1985, se reunieron una serie de mujeres y hombres que estaban convencido de que podían aportar su talento, su esfuerzo y su compromiso, para lograr un cambio, por pequeño que éste pudiera resultar. El documental La gran noche del pop logra transmitir la emoción y la veracidad de dicho compromiso.Reparto
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